Memorias de un geisho
Ya han pasado unos cuantos días para reposar las sensaciones tras nuestro pequeño periplo por el país del sol naciente. Dejando a un lado las espectativas creadas tras tocar la realidad del día a día, no puedo condensar todo lo que me ha transmitido en unas pocas frases, ni acabar de puntualizar todo lo que me habían contado o me había imaginado, así que trataré de resumirlo al máximo.
Lo que más me ha llamado la atención es la individualidad de las agradables gentes que lo habitan. El contacto físico es prácticamente una ofensa. La inmensa amabilidad que demuestran no es educación, sino un simple hábito adquirido carente del valor personal que tiene en el resto del mundo. Si te paras en una esquina céntrica y observas durante 10 minutos, puedes ver pasar miles de personas en todas direcciones: todos con la cabeza gacha, esquivando miradas ajenas, toqueteando sus móviles, observando la nada, ocupadísimos en evitar al resto de personas que pululan a su alrededor. En la calle no se oye hablar practicamente a nadie. La gente va a comer en grupos (compañeros de trabajo o estudios): se sientan tras intercambiar 3 palabras entre ellos; piden la comida; esperan en silencio; comen en 4 minutos centrándose cada uno en su plato; se levantan y se marchan. Uno detrás de otro. No hay sobremesa, no hay chistes, no hay diálogo ni conversación. Por no haber, no hay ni pitidos de tráfico. Parece que el contacto humano se reduce al mínimo en cuanto cumplen los 16 años. Suena mal, pero quizá ésta sea la única forma de sobrellevar la hiperpoblación que tienen sus ciudades.
He acabado harto de las bicicletas que ruedan compartiendo aceras con los peatones; si ese es el futuro que le espera a Madrid, que alguien le diga a Gallardón que pare. Tienen demasiadas lucecitas en la calle… son un gran ejemplo de como desperdiciar energía a punta pala. El hentai es algo normalizado en su sociedad… pero ojo, ¡no la pornografía! Akihabara está sobrevalorado, a pesar del montón de adjetivos que pueden dársele. Las chicas salen disfrazadas a pasear, lo cual resulta casi tan curioso como la arquitectura de las págodas. Hay un machismo no promovido ni enseñado, pero acatado por todos (y todas) como parte intrínseca a su cultura. El transporte es muy caro, pero no la gasolina. No tienen ni idea de inglés: en nuestra experiencia comprobamos que aproximadamente sólo un 20% chapurreaba el idioma anglosajón; correctamente lo hablaba un 5%.
Pero por otro lado, es una sociedad que tiene muchísimas cosas que enseñar al resto de naciones. El impecable comportamiento de la gente, pese a ser artificial, es modélico. La puntualidad. La seriedad y profesionalidad en sus trabajos. Es increible que todo funcione tan bien siendo tantísimas personas… son unos auténticos curris. La limpieza de todo. Sistemas implantados como el metro (pese a los transbordos trampas-muerte). La ausencia de criminalidad y la sensación de tranquilidad en sus calles a cualquier hora. El Whopper Windows 7.
Gusta mucho más el Japón tradicional con sus templos y monumentos increibles, que toda la parafernalia futuro-tecnológica que baña los barrios de sus ciudades. A pesar de ello, particularmente me gusta mucho más la arquitectura centro europea que tenemos en nuestro continente. En cualquier caso, hay que verlo, disfrutarlo y contemplarlo.
Concluyendo, me imaginaba mi viaje a Japon muy distinto a lo que he visto y vivido. Y a pesar de que las espectativas que tenía no se han visto cumplidas (sueños henchidos desde la adolescencia, me temo), paradójicamente lo que he encontrado me ha gustado mucho más que si lo hubieran hecho.


























