Estimados señores:
Hace cuanto tiempo que no escribía por aquí… el resumen rápido es que estamos en Hawaii, tras unos días inolvidables en Nueva Zelanda y Hawaii. Si esperáis un par de semanas más, es poco probable que haya un resumen al respecto de esos parajes. Pero el tema que nos ocupa hoy no es otro sino la escapada relámpago que nos hemos marcado a la isla de Kauai, la más antigua de Hawaii y blablablabla que os contaremos en otra ocasión (probablemente ya en persona en unas cuantas semanas). El caso, ¿os acordáis del día que amaneció lloviendo y tomamos el desayuno de los campeones? Pues tal día aprovechamos aquella media botella de ron para planificar el resto de días que pasaríamos por aquí. Que si un par de excursiones, que si visitas a playas, que si bares y pubs… y el fin de semana escapada a Kauai. Tal mañana reservamos vuelos (ida y vuelta) y dos excursiones para ver el sur y este de la isla (Napa Li y Waimea, las cataratas, el cañón, la costa, y un poco la isla). Suena todo perfecto, hasta que el jueves se coló un virus en mi ordenador (The Flako mediante, como algún día te pille te voy a recolocar los huesos del cuerpo) y perdimos todos los correos de confirmación de compañías, horas y destinos.
Así pués, como lo teníamos todo pagado y reservado, hicimos la mayor españolada que nos hemos marcado hasta la fecha: mochila con un par de mudas, camisetas, cepillo de dientes y lectura (muy importante para esos momentos perdidos esperando el avión, por ejemplo) y tirando de frente sin ningún saber concreto de nuestro destino inmediato. A continuación el resumen rápido de lo acontecido, todo ello, recalco, sin tener idea alguna de NADA.
Nos levantamos el sábado a las 6:00, puesto que nos sonaba que el avión salía en torno a las 9:00. A las 7:00 estamos en la calle. Cogemos el autobús que lleva al aeropuerto a las 7:40, llegamos allí a las 8:50. Preguntamos en los mostradores con qué compañía volamos. Guardia de seguridad mediante, intuimos que se trata de “Mesa Airlines”. Para allá que vamos corriendo. Llegamos al check-in según anuncian nuestros nombres por megafonía para la última llamada. Aún así no nos dejan entrar y tenemos que esperar al siguiente vuelo.
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Llegamos a Kauai tras una espantosa vertical del piloto en un vano esfuerzo por ahorrar combustible. Nos informamos del autobús que nos ha de llevar a Port Allen, lugar de salida de nuestra primera excursión a las 14:30. En el segundo transbordo un hombre lobo conductor nos increpa diciendo que tenemos que darle el importe exacto por los billetes. Una amabilísima señora de color vestida todo de blanco y cristiana (seguro) nos da cambio, nos regala un dolar, nos facilita los horarios de todos los autobuses y nos avisa de cuando tenemos que bajarnos. Tico está a punto de darle un beso nada casto.
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Son las 13:45, y tras una acalorada discusión sobre las religiones del hombre y el sabor de los garrochitos de queso nos damos cuenta de que tenemos que buscar la compañía con la que vamos a ver Napa Li. Nos metemos en una cualquiera y preguntamos. No tienen constancia de nuestra reserva, pero muy gustosamente se ofrecen a llamar al resto de compañías que operan la zona para preguntar. Tras 5 inquisiciones no hay suerte, nuestra reserva parece haber volado. Son las 14:10, tenemos 20 minutos para decidir si contratamos otra excursión o nos vamos de rones. Decidimos probar suerte en otro sitio. Mismo resultado; en un 3er sitio vuelven a llamar a todas las compañías sin éxito. En el cuarto sitio por fin nos dicen que sí, que tenemos reserva con el Cpt. Andy (El Andy). Nos dirigimos a su tienda de operaciones central y tras una pequeña charla con una azafata (la reserva estaba a nombre del segundo apellido) conseguimos el preciado boleto que nos da derecho a disfrutar del tour. Aparece el capitán, una extraña mezcolanza entre Jonny Deep en Piratas del Caribe y Stanley en el Monkey Island 2. Finalmente conseguimos irnos de paseo.



Atracamos en el puerto de vuelta a las 18:40, tras ingerir no menos de 5 Mai Tai´s (fantástica combinación de zumos y diversos aguardientes). Guay, hay un autobús de vuelta a la gran ciudad de la isla a las 19:00. Son las 19:30 y el susodicho no tiene a bien aparecer… da igual, Fiji-Time, estamos acostumbrados y tenemos tablas. Llorando volvemos a la oficina de El Andy y relatamos nuestra desdicha a una rubia que tuvo la mala suerte de estar de servicio a esa hora. Le caimos simpáticos y nos apañó (con no más de 3 llamadas telefónicas) el motel y el transporte hasta el mismo. Fiuuuuu…
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En el TipTop motel puedes desayunar un americano con huevos fritos o revueltos, comer un thai y cenar un japo, todo sin salir del mismo sitio y en un cálido ambiente familiar. Cucarachas free y toallas perfumadas por 73 dolarines la noche. El mamonazo de Tico me la juega en el TX con los dineros, otro susto esquivado por puro azar. Vamos al Gran Bazar a sacar más pasta y comprarnos un helado de postre, que nos lo habíamos ganado después de haberlo hilado todo mágicamente. Dormimos y amanece sorprendentemente tarde. Check out y a patear otra vez, pues hemos quedado en el Marriot con el conductor del bule para la siguiente excursión.
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El Marriot es un resort de competi. Pero de competi de la guena guena. Hotelaco de los caros, y como hemos aprendido en esta vida, los buenos españoles por el mundo se meten hasta la cocina: playaca en la parte de atrás, piscina y centro de convenciones, patio ornamentado con motivos orientales con mucho gusto, buffete libre de calidad y baños para triunfar con tranquilidad. Y llega Damián, el conductor del mini-bus de nuestra próxima excursión, un hombre pegado a una uña, parlanchín insaciable y fumeta en estado de descomposición, dicharachero entrañable que ha dado caña a Tico y a una alemana soltera durante todo el trayecto.
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Nos damos un paseo por la isla. Todo es muy bonito. El cañón, las cataratas, los reductos infranqueables a los que solo se accede por barcaza, los bailes de nativas semi desnudas… nuestra fantástica cámara Sony (palabras de Tico) mudo testigo de la inmersión en los secretos de la isla.




Damián nos deja en el aeropuerto (ya sabía yo que llamándose como mi tío solo podía traernos cosas buenas) y estamos enfilados para la vuelta a Honolulu. Tras unas cuantas preguntas en el aeropuerto nos sorprendimos al comprobar que llegamos a tiempo para coger el avión que teníamos reservado (y que no sabíamos a que hora salía, recuerdo). Unos cuantos americanos después conseguimos embarcar y despegar. Otro aterrizaje “forzoso” después llegamos a casa y nos tomamos otro helado-celebración. Y ya estáis todos al día – nuevamente – de nuestras aventuras.
En resumen: nos hemos venido hasta Hawaii a meterle el dickhead a Gauss y a su bell en la mismísima ear.